Nacionales: El poder terapéutico de los hobbies
09/08/2026
Las actividades manuales, en contraposición al consumo digital pasivo, estabilizan la atención, favorecen una activación más integrada del cerebro y producen una satisfacción que el mundo
de las pantallas no puede replicar
El roce de la tierra húmeda bajo los dedos no es aesthetic ni tiene un botón de like. No hay notificaciones en el proceso de trasplantar un malvón, ni algoritmos que aceleren el crecimiento de una semilla. Sin embargo, en el momento en que las manos se involucran en una tarea como la jardinería, el cerebro enciende circuitos y conexiones que ninguna interacción digital, por más avanzada que sea, es capaz de activar. Ese es el preciso instante en que el ruido mental empieza a ceder.Además, hay evidencia científica del descenso del cortisol, la hormona ligada al estrés, al realizar tareas manuales. Mientras el mundo virtual nos exige una inmediatez voraz que agota nuestra dopamina, las manualidades nos proponen un pacto diferente: la paciencia, la prueba y el error, la resiliencia cuando las cosas no salen como esperamos y la satisfacción de crear algo tangible.Las actividades manuales activan un perfil cognitivo opuesto al del consumo digital pasivo generado por los dispositivos electrónicos. “En lugar de fragmentar la atención, la estabilizan. Requieren coordinación entre sistemas sensoriales, motores y ejecutivos, lo que favorece una activación más integrada del cerebro”, explica Ailin Tomio, licenciada en Psicología y Neurociencias por la Universidad Favaloro y magíster en Psicología Social y del Consumidor por NYU.“Según la literatura sobre flow, del psicólogo Mihály Csíkszentmihályi, actividades como tejer, dibujar o trabajar con cerámica generan estados de concentración profunda en los que la atención se sostiene de manera natural, sin esfuerzo percibido y con alta sensación de control”, detalla la especialista en comportamiento.El médico neurólogo Alejandro Guillermo Andersson coincide: “La atención sostenida requiere un umbral de activación que la hiperestimulación digital constantemente interrumpe. El problema no es solo que nos distraigamos más fácil: es que el sistema de recompensa dopaminérgico queda calibrado para la gratificación inmediata y la novedad constante, lo que hace que la concentración profunda –que tiene recompensas diferidas– se vuelva cada vez más difícil de iniciar y sostener. Dicho esto, es importante una distinción: el problema no es la tecnología en sí, sino el uso pasivo y fragmentado. Un libro en formato digital leído con atención sostenida activa los mismos circuitos que un libro en papel. El dispositivo es neutral; el modo de uso no lo es”, aclara el director del Instituto de Neurología Buenos Aires.¿Qué áreas se ven más afectadas por el consumo pasivo y fragmentado? “La corteza prefrontal –especialmente la región dorsolateral, sede del control ejecutivo, la planificación y la memoria de trabajo– y el cíngulo anterior, clave para sostener la atención y filtrar distractores. También se ha observado una reducción de volumen y actividad en el hipocampo, fundamental para la consolidación de la memoria. Lo que estas regiones tienen en común es que todas requieren de lo mismo para desarrollarse y mantenerse: esfuerzo cognitivo sostenido, que es exactamente lo que el consumo de contenido ultracorto no exige”, denuncia Andersson. “El cerebro se adapta a lo que hace: si nunca se le pide que espere, que tolere la frustración de no entender algo de inmediato o que construya sentido a lo largo de varios minutos, esas capacidades se debilitan por desuso funcional”, agrega. “El cerebro humano está optimizado para minimizar esfuerzo y el entorno digital se alinea perfectamente con esa lógica. Los padres de las ciencias del comportamiento, Daniel Kahneman y Amos Tversky (1974, Science), ya nos mostraron que gran parte de nuestras decisiones se apoyan en heurísticas rápidas o pensamientos automáticos. Las plataformas digitales están diseñadas para mantenernos en ese modo automático el mayor tiempo posible”, explica Tomio.José Antonio Marina. El filósofo español revela cuál es el mayor error en la educación de las nuevas generacionesCaer en la trampaMichael Merzenich, un neurocientífico norteamericano muy conocido, describe que la plasticidad depende del uso: las conexiones que activamos se fortalecen, y las que no, se debilitan. “En ese sentido, estamos constantemente ‘entrenando’ nuestro cerebro, incluso cuando no lo notamos. Hacer solo una actividad de manera diaria, como mirar redes sociales en vez de hacer deporte o leer, implica que reforzamos ciertas conexiones cerebrales y debilitamos otras. Entonces, conocimientos y habilidades previas, como la capacidad de mantener nuestra atención en un texto, se debilitan y nos van a costar cada vez más”, argumenta la especialista.El contenido corto no es problemático por su duración, sino por el patrón de consumo que induce. “Entrena al cerebro a operar en ciclos de estímulo-recompensa extremadamente rápidos, donde cada pocos segundos aparece algo nuevo, más llamativo o más emocionalmente cargado –detalla Tomio–. Ese ritmo recalibra nuestras expectativas sobre cuánto esfuerzo vale la pena para sostener nuestra atención. Lo peor de todo es que la vida real no es así, entonces nos genera un choque muy grande con respecto a la lentitud y la baja carga emocional de eventos naturales de nuestra vida y la necesidad de nuestro cerebro de recibir estímulos y recompensas muy rápidos y seguidos”.Y agrega: “Desde las neurociencias cognitivas sabemos que la atención sostenida depende en gran medida de redes frontoparietales que requieren esfuerzo y estabilidad. Cuando consumimos contenido corto de forma repetida, estamos entrenando el sistema opuesto: la búsqueda constante de novedad. Esto reduce la tolerancia subjetiva al esfuerzo cognitivo prolongado”.A su vez, Tomio asegura que la dinámica de las redes genera picos breves y repetidos de dopamina asociados a la anticipación, más que a la satisfacción. “El resultado es un circuito de búsqueda constante: seguimos scrolleando no tanto porque estemos disfrutando, sino porque el cerebro espera la próxima recompensa. Por eso, en general, las redes son adictivas, pero no son satisfactorias. Muchas veces nos sentimos mal después de estar horas scrolleando”. Las actividades manuales, en cambio, operan bajo un esquema de recompensas predecibles y acumulativas. “El progreso, aunque sea lento, está directamente ligado al esfuerzo. La dopamina se libera en relación con metas intermedias y logros concretos, lo que fortalece la motivación intrínseca y la persistencia en la actividad. Es más probable que nos sintamos más satisfechos con la actividad aunque no la sintamos adictiva”, destaca la psicóloga.¿Por qué el consumo pasivo “cansa” al cerebro? El scroll infinito parece descanso, pero no lo es. Las interrupciones digitales frecuentes generan fatiga mental y reducen la capacidad de concentración sostenida. “Los estudios de neurociencias de la atención –afirma Tomio– descubrieron que cambiar repetidamente de estímulo tiene un costo, lo que se denomina switching cost. Investigaciones como las de Sophie Leroy (2009, Organizational Behavior and Human Decision Process) muestran que, después de cambiar de tarea, parte de nuestra atención queda ‘residual’ en la anterior. En el contexto digital, esto ocurre decenas o cientos de veces en pocos minutos”, amplía Tomio.“El consumo pasivo desplaza funciones cognitivas claves. Un estudio de Adam Gazzaley y Larry Rosen (2016, Current Directions in Psychological Science) muestra que la exposición constante a múltiples estímulos digitales está asociada con menor control atencional y mayor distractibilidad. Los psicólogos sabemos que el control de la atención es muy importante para la vida diaria porque nos permite persistir en tareas que no nos divierten, pero son necesarias, como trabajar o estudiar. Entonces, a largo plazo, el consumo pasivo de redes sociales nos puede afectar en nuestra capacidad de funcionar en sociedad”, denuncia la especialista.Desde la perspectiva de Anderson, “durante el ocio digital pasivo –scrolling, series en autoplay– aunque subjetivamente puede sentirse como descanso, el sistema nervioso sigue en un estado de alerta latente, procesando estímulos discontinuos y respondiendo a micro novedades. No es relajación real; es una forma de activación de baja intensidad y alta frecuencia. La diferencia es análoga a la que existe entre dormir y estar en cama mirando el techo: la posición es la misma, el estado fisiológico no”, destaca.Retroalimentación sensorialEl homúnculo de Penfield, la representación que funciona como un mapa del cuerpo en el cerebro, es una de las imágenes más elocuentes de la neurociencia: las manos ocupan una superficie cortical desproporcionada respecto a su tamaño físico, comparable a la que ocupa toda la mitad del cuerpo. “Esto refleja la densidad de inervación, la precisión motora requerida y la cantidad de retroalimentación sensorial que las manos envían constantemente al cerebro –describe Andersson–. Cuando la única demanda motora que hacemos a las manos es el scroll con el índice, estamos subutilizando masivamente ese territorio cortical”.“Las áreas que no se usan no desaparecen, pero su umbral de activación cambia y su conectividad funcional se empobrece. En cambio, cuando tejemos, amasamos, tallamos o escribimos a mano, estamos activando circuitos motores, propioceptivos, visuales y de atención de forma integrada. La mano que crea genera una conversación cerebral mucho más rica que la mano que consume”, resume.Frente a este panorama, el neurólogo destaca los beneficios de trabajar con las manos: “Las actividades manuales repetitivas –como tejer, amasar, jardinar, modelar cerámica– inducen un estado que algunos investigadores han comparado con el de la meditación: atención focalizada en el presente, ritmo motor predecible, retroalimentación sensorial inmediata. Esto activa el sistema nervioso parasimpático, reduce la actividad del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal y baja los niveles de cortisol de forma medible”.Incluso, según describe Andersson, aprender un oficio manual en la adultez puede proteger contra el deterioro cognitivo y hay evidencia sólida que lo respalda. “El concepto clave es el de reserva cognitiva: la capacidad del cerebro de resistir el daño estructural gracias a la riqueza de sus conexiones. Aprender una habilidad manual nueva en la adultez –especialmente una que tenga componentes de dificultad progresiva, como la carpintería, la música o la cerámica artística– activa los mecanismos de neuroplasticidad que de otro modo permanecen silenciosos. Involucra atención, memoria procedimental, coordinación visomotora y, en muchos casos, componentes de planificación espacial. Todo esto genera nuevas sinapsis y fortalece redes existentes”, detalla el neurólogo.Los "hobbies de abuela" vuelven a ser tendencia: por qué cada vez más jóvenes los eligenSegún Andersson, “el efecto protector es real: estudios longitudinales muestran que personas con alta estimulación cognitiva y motora a lo largo de la vida tienen menor incidencia clínica de demencia, incluso cuando la carga de patología amiloide en el cerebro es similar a la de quienes sí la expresan clínicamente. La reserva compra tiempo y a veces compra mucho”, agrega con énfasis.“Soy pro tecnología –aclara el neurólogo– Uso inteligencia artificial, preparo presentaciones en tablet, hago telemedicina. Pero hay una diferencia crucial entre usar la tecnología como herramienta activa para crear, aprender, comunicar, y usarla como fuente pasiva de estímulo. El cerebro no mejora por lo que recibe, sino por lo que hace”, sentencia.Melina Vicario lo explica desde la PNL. “Con las tareas analógicas se entra en un trance sutil o estado alterado de conciencia que permite pasar del ‘sistema de modo por default’ (un estado en el cual las personas suelen pensar sobre sí mismas y mayormente de manera negativa) a una red neuronal diferente: la red orientada a la tarea. Esto abre la posibilidad de salir de pensamientos rumiantes y crear nuevos caminos, más provechosos. Los beneficios de las tareas analógicas son similares a los de la meditación o hipnosis y estimulan ondas cerebrales alfa y theta, en un mundo donde priman las ondas cerebrales de alerta y estrés”, resume la especialista.“Hay evidencia sobre los beneficios de las actividades manuales y es consistente”, –asegura Ailin Tomio–. Por ejemplo, un estudio liderado por Betsan Corkhill (2014, Textile) encontró que tejer está asociado con menor ansiedad y mayor bienestar subjetivo. En general, las actividades manuales pueden tener efectos regulatorios sobre el estado emocional y reforzar nuestra habilidad de sostener la atención ante estímulos lentos y poco cargados emocionalmente. Esto último nos va a beneficiar en tareas sociales y laborales a largo plazo”, asegura la psicóloga.No se trata de abandonar la tecnología, sino de compensar su abstracción. Hacer con las manos es, en última instancia, un proceso de regulación emocional y reparación neuroquímica. Al entrar en el estado de flow, no solo silenciamos el ruido de una corteza prefrontal hiperestimulada, sino que bajamos los niveles de cortisol y reconectamos con una sensación de autoeficacia vital.En esta era de abstracción digital, recuperar el oficio manual es recuperar nuestra capacidad de transformar el mundo, recordándole a nuestro cerebro que la realidad no solo se mira o se desliza, sino que se construye, se siente y se moldea.Tareas manuales y sus beneficios Carpintería: involucra cálculos matemáticos aplicados, geometría y planificación a largo plazo. Ejercita la capacidad de concentración prolongada en tareas minuciosas.Tejido: tiene la capacidad de inducir un estado de flow similar al de la meditación tradicional. El patrón rítmico reduce los niveles de ansiedad y la rumiación mental. Entrena la sensibilidad táctil profunda, la motricidad fina y la coordinación ojo-mano.Origami: refuerza la capacidad de seguir instrucciones complejas, la memoria operativa y la comprensión de la geometría plana. Estimula la atención sostenida y focalizada.Alfarería y Cerámica: el contacto directo con la arcilla estimula la corteza somatosensorial. Trabajar en el torno requiere un equilibrio de ambas manos que sincroniza ambos hemisferios. Tienen un efecto enraizante (grounding) contra la ansiedad.Cestería: los patrones repetitivos geométricos refuerzan la lógica matemática y la elasticidad cognitiva. Trabaja al mismo tiempo la fuerza, la precisión y el ritmo.Jardinería: es un desafío cognitivo integral. Invita a conectar con los ciclos biológicos, fomenta la memoria prospectiva (recordar tareas futuras como regar o podar) y la paciencia. Se trabaja la propiocepción y el control inhibitorio, al exigir una sintonía fina de la fuerza muscular y la coordinación ojo-mano. Se ha demostrado que reduce los niveles de cortisol.Cocina: induce la integración sensorial al estimular todos los sentidos al mismo tiempo. Se activan las funciones ejecutivas de alto nivel como la planificación, la secuenciación y la memoria de trabajo. A su vez, se activa la motricidad fina y la coordinación bimanual.
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